¿Qué especies prosperarán?

El planeta se calienta, y ante los cambios que se produzcan no está claro qué animales saldrán perjudicados y cuáles beneficiados.

Los climas cambian. Es un hecho natural. Pero el actual clima de nuestro planeta está cambiando de manera tan espectacular que está transformando la tierra y el mar, y eso afecta a todas las formas de vida.
«Siempre habrá una minoría que se las arregle para salir adelante ante unas condiciones nuevas y relativamente repentinas –dice Thomas Lovejoy, biólogo de la conservación de la Universidad George Mason y fellow de National Geographic–, pero la gran mayoría se verá enormemente perjudicada», si no destruida.
Las temperaturas más altas causadas por los gases de efecto invernadero son solo el principio de esta historia. Luego vienen los fenómenos meteorológicos extremos (entre ellos, grandes sequías) —que alteran las épocas de cría y de mi­­gración y la disponibilidad de alimentos—, nuevos patrones epidemiológicos, el rápido deshielo y la subida del nivel del mar. Cada cambio da pie a un sinfín de cambios más, con efectos ilimitados.
El cambio puede ser bueno para algunos: primaveras más largas y con más comida, un nicho cómodo para vivir y no tener que emprender estresantes migraciones. Pero con el paso del tiempo y a medida que el calentamiento vaya a más, esos animales «ganadores» podrían alcanzar nuevos límites y quedarse en la estacada.
No estamos hablando del futuro. Los efectos del cambio climático ya son evidentes.
«No hay marcha atrás –advierte James Watson, de la Universidad de Queensland, director del programa del cambio climático global de la Wildlife Conservation Society–. Todo está cambiando.» La flora y fauna silvestres que durante 10.000 años han gozado de un clima relativamente estable están siendo sometidas a presión y puestas a prueba como nunca antes.
Y nuestras predicciones respecto a los «ga­­nadores» y «perdedores» no siempre han sido exactas. «Raramente hemos acertado al predecir lo malo que iba a ser el cambio climáti­co —dice, y pone un ejemplo—. El alcance del deshielo de los polos y su cadena de consecuencias [para la vida salvaje] ha sido im­­presionante.» Otro ejemplo es la sensibilidad de muchos ecosistemas coralinos a la temperatura y a los temporales.
Pero la experiencia y los modelos, además de los conocimientos que hemos adquirido en el campo de la biología, nos muestran una buena fotografía de la situación a corto plazo. ¿Qué especies se adaptarán bien a estos rápidos cambios? Las generalistas que toleran una amplia gama de climas. Aquellas con mayor diversidad genética y rápida reproducción (lo que contribu­ye a que los rasgos útiles entren rápidamente en el acervo genético). Aquellas que puedan viajar a un nuevo hábitat compatible, y que tengan algún lugar a donde ir. Las especies competitivas, a menudo invasoras. Las malas hierbas.

¿A qué especies les irá mal? A las especialistas, que tienen necesidades climáticas más restringidas. A las que ya están luchando por la supervivencia. A las poblaciones pequeñas y fragmentadas, o a las que están confinadas en entornos hostiles. A los animales que compiten con los humanos. A los grupos que carecen de diversidad genética. A las especies que habitan en altitudes elevadas y en islas, y a numerosos animales que dependen de los corales. A las que necesitan el hielo para sobrevivir.
Este tren no hay quien lo pare. Pero sí podemos disminuir la velocidad de su destructivo avance. Restaurar los paisajes debería ser una parte importante del plan, afirma Lovejoy, quien añade que la persistente degradación de los ecosistemas ha generado una gran cantidad del dióxido de carbono excedente. «Un esfuerzo de restauración a gran escala podría retirar de la atmósfera medio grado de cambio climático potencial antes de que este sea una realidad.»
Evitar más daños y cuidar de lo que nos queda intacto deben ser las dos prioridades. «Lo mejor que podemos hacer ahora es identificar y proteger las poblaciones clave —dice Watson—, y después intentar impedir que la humanidad interfiera en su funcionamiento

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